Durante la época del Virreinato, se otorgaron escudos de armas a personas, corporaciones y localidades. Estos se caracterizaban por mezclar símbolos españoles con elementos de los pueblos indígenas que sobrevivieron a la colonización española y por tener varios significados y funciones, como el prestigio o un “sentido declarativo, identificador y diferenciador”.
Con el inicio del proceso de la independencia de México, se hizo notoria la necesidad de generar imágenes que reunieran bajo un mismo signo de identidad al movimiento de la insurgencia. La imagen de la Virgen de Guadalupe fue una de las primeras en utilizarse, como ejemplo tenemos el estandarte que acompañó a Miguel Hidalgo y Costilla durante el grito de independencia. Sin embargo, no fue suficiente para marcar una clara diferencia entre insurgentes y realistas, pues ambos bandos profesaban la misma religión en la que se reconocía a la Virgen de Guadalupe como protectora de la Nueva España.
Para establecer esa identidad, los insurgentes fueron creando, a la par de la promulgación de diversos documentos fundacionales, nuevos símbolos representativos de la incipiente nación. Como resultado tenemos al águila real parada sobre un nopal, concebida a partir del mito de la fundación de México-Tenochtitlán, que había sobrevivido gracias a los cronistas novohispanos.
El uso de esta imagen no fue casual por parte de los insurgentes, sino que respondió a una antigua disputa de blasones entre el escudo otorgado a la Ciudad de México en el siglo XVI por Carlos V —cargado de símbolos de la Corona española— y el primitivo escudo del águila sobre el nopal que los primeros criollos se atrevieron a utilizar durante la época virreinal.
De ahí que el criollismo insurgente retomara aquel símbolo, que muchas veces llegó a ser suprimido por las autoridades novohispanas, para buscar romper toda relación con la Corona de España y declararse herederos de los fundadores de Tenochtitlán. Este primer escudo insurgente comenzó a circular, principalmente, a manera de sello.
Una vez consumada la independencia, las autoridades establecieron los símbolos nacionales, entre ellos se encontraba el primer escudo nacional mexicano. Sin embargo, de esto resultó una nueva problemática: ¿qué tipo de escudo representaría a la nueva nación?
En un inicio, el territorio que abarcaba la Nueva España adoptó una forma de gobierno monárquico y constitucional que se denominó imperio mexicano. Por ese motivo, en 1822, la Soberana Junta Provisional Gubernativa consideró oportuno que el escudo del imperio fuera “el Nopal nacido de una peña que sale de la laguna; y sobre él, parada en el pie izquierdo un águila con corona imperial”.
Este escudo fue derogado en 1823 ante la inminente abdicación del emperador Agustín de Iturbide. En aquel mismo año, el Soberano Congreso de la primera República Federal Mexicana adoptó un nuevo escudo al que se le sumó una rama de laurel y otra de encino y una serpiente siendo despedazada por un águila, además, eliminó la corona, pues aludía a los gobiernos monárquicos.
Como se puede apreciar, ambos gobiernos encontraron en el mito de la fundación de México-Tenochtitlán un símbolo de identidad para la nación independiente y marcaron una clara diferencia de los antiguos símbolos de dominio español. Solo unos contados escudos de armas novohispanos lograron su permanencia, en especial, la heráldica cívica o municipal.
Si bien a lo largo del tiempo hubo diferencias ornamentales dependiendo del gobierno, no llegaron a ser tan sustanciales. Esto permitió la construcción de un imaginario colectivo del águila posada sobre el nopal devorando una serpiente y, por ende, su permanencia como símbolo de identidad del pueblo mexicano, hasta alcanzar la forma final de nuestro Escudo Nacional.
ℹ️ Archivo General de la Nación
